Cuando apareció, hace ya ochos años, el inteligente dictamen de la industria editorial La edición sin editores (México, Era, 2001), de André Schiffrin, el mundo cultural se quedó pasmado: eso estaba pasando ante sus ojos y ni se daba cuenta. Hoy es un libro de imprescindible lectura para todo aquel interesado en el tema, y su autor —figura importante, exitosa, y posteriormente hecha a un lado por ese sector empresarial, al no coincidir con los criterios de rentabilidad que los nuevos gerentes, puestos en el poder por los grandes pulpos mediáticos que habían absorbido a las grandes empresas editoriales que habían absorbido a las pequeñas, exigían… en una historia de fusiones y confusiones aterradora— referencia ineludible. Lo curioso es que el pasmo, expresado a veces con histérica agresividad, a veces con inteligentes reclamos, no detuvo lo que ocurría en lo más mínimo, y pocas veces desde el invento de la imprenta el distintivo mayor del asunto —la pluralidad y la diferencia— se ha visto tan seriamente amenazado.
En efecto: no nos damos cuenta. Esta continuación de La edición sin editores se titula El control de la palabra y prolonga aquella no sólo en el tiempo —lo que ha sucedido después— sino en la geografía, ya que se ocupa con mayor precisión de lo que ocurrió en Europa en los primeros años del siglo xxi. Bajo ese descriptivo nombre el dictamen es todavía más aterrador. Y no tanto porque se insista en los descabellados malabares de una industria que no funciona económicamente como las otras, ni en sus estrategias ni en sus dividendos, a los cuales al aplicársele criterios de otras industrias —bajo el argumento del libre mercado y el capitalismo salvaje— se pone al borde del colapso, sino que aquí, al analizar a las industrias inglesa y francesa —en la última había en apariencia un oasis de pluralidad y hasta de bonanza para opciones editoriales minoritarias y más exigentes— deja al desnudo su verdadero rostro, monstruosamente ideológico. Bajo el disfraz de una exigencia mercantil en realidad se cobija un funcionamiento ideológico.
Al pedir lo imposible a la industria editorial —que cada libro en sí mismo y no cada empresa en su conjunto fuera funcional y rentable— no se quería que “eso”, la industria, produjera dinero sino que no hiciera ruido a otros negocios, en especial a la televisión, que no quiere un gran pedazo del pastel consumidor sino que lo quiere todo y empieza por tenerlo bajo su control, es decir, vuelve al libro un producto indirecto de la industria del entretenimiento, muy alejada de sus otrora campos fundamentales —la creación, el pensamiento, la información—, y en la medida que alimenta un sentido crítico y libertario lo mejor es que desaparezca, por lo menos tal como ahora la conocemos. ¿Y de qué manera se lograba esto? Cortando el contacto con el público, controlando la distribución, arrinconando a los editores independientes (y esta expresión es en Francia mucho más amplia que en México: incluye, por ejemplo, a Gallimard). Y, faltaba más, imponiendo una línea ideológica.
Durante años el libro fue un espacio de polémica, ya que si salía una editorial o una revista de una determinada línea lo normal era hacer una que discutiera con ella en buena lid, o en mala, pero que discutiera; ahora resulta más fácil comprar esa editorial o esa revista y transformarla en algo distinto, muchas veces lo contrario de lo que le dio origen. Por eso, por ejemplo, ver que los diccionarios y las enciclopedias, un buen negocio editorial a la vez que un instrumento crítico y libertario, se vuelven ahora moneda de intercambio y mediatización, resulta muy sorprendente y doloroso, al igual que ver cambios de orientación en una revista que se explican porque al seguirle el hilo a las fusiones se llega no a los grandes grupos de la televisión sino —sobre ellos— a las industrias de armamento. Parecería una fábula paranoica, pero es la pura realidad.
Se trata, en efecto, del control de la palabra, y no sólo de la palabra escrita o impresa, pues al cortar los nexos con la comunidad —confinándola a una especie de reserva, en editoriales universitarias o independientes (en el sentido más restringido del término, es decir el numérico)— también se afecta al habla. Difícil pensarlo en toda su importancia desde un contexto como el mexicano, en donde la torpeza del gobierno al vetar la ley del libro no hace sino revelar su pequeñez aldeana en nombre de teorías vueltas dogma sin siquiera entenderlas a cabalidad. Todos intuimos que el control de la palabra tiene como horizonte el control del pensamiento. La aparición de este breve volumen en México no podría ser más oportuna, en un momento en que se discuten leyes fundamentales para la cultura y se plantea la opción, aún no perdida, entre distintos modelos económicos para la nación.
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