Para Matteo Rampin, psicoterapeuta del Centro di Terapia Strategica de Arezzo, la antigua paradoja expresada en la frase “lo que digo es mentira” se ha convertido en obje-to de estudio durante toda su carrera. Rampin se especializa en la psicología del engaño y ha dado conferencias sobre el tema en diversos foros europeos, lo que también le ha permitido escribir algunos libros, como Vender la moto. Trucos de la manipulación del lenguaje. En éste, Rampin hace un recuento de las principales formas de engañar a través del lenguaje, con especial atención en el lenguaje me¬diático.
Rampin se ha valido en trabajos anteriores de la figura del ilusionista, profesional que trabaja a partir del engaño. Los espectadores esperamos que la ilusión presentada por el artista sea lo suficientemente convincente para hacernos creer en algo que es —y lo sabemos de antemano— falso. Su acto se compone por la disposición de signos que convencen de situaciones que desafían la realidad. Es conocido el gran esfuerzo que los magos ponen en refinar sus trucos de forma tal que no solamente sea el efecto final lo que cause el asombro del público, sino que también la puesta en escena seduzca; dicha seducción es ilusión. Para que ésta se cumpla, los magos tienen que seguir reglas muy básicas: no ejecutar el mismo truco dos veces frente al mismo público, nunca revelar el secreto.
La comunicación actual se ha propuesto romper con estas reglas. La repetición de un mensaje, así como la demostración clara del mecanismo que soporta los engaños, es parte importante de la seducción misma. Se tiene que ver volar al mago, pero también es importante mostrar los cables que lo hacen volar.
En Vender la moto, Matteo Rampin se dedica a mostrar los cables que generan los innumerables engaños en la comunicación mediática, desde el chantaje senti-mental y los trucos de la comunicación publicitaria, hasta la manipulación política. En cierto modo es un desvelamiento de los trucos, como también la enumeración de un canon. De alguna manera, podría ser el texto introductorio de un manual de herramientas retóricas para principiantes.
Siendo que la retórica nace de la necesidad de convencer a un jurado de un caso determinado, el libro de Rampin habla, sin entrar en la explicación de tropos o de términos técnicos, del poder del lenguaje retórico cuando la dispositio se hace correctamente.
Asimismo, Rampin sanciona los engaños comunes que los comunicadores presentan al público para convencerlos de casos que no son verdaderos. En los casos que presen-ta, como en cualquier ca¬so jurídico, quien gana es aquel que convence, por medio de una disposición retórica correcta, de su idea de la situación. En algunos, basta con ciertas fórmulas, arreglos o frases armadas para que la intención de quien comunica quede establecida de manera sutil en la mente del receptor, a veces sin que éste siquiera sea capaz de advertirlo.
El libro está estructurado a partir de lo que Rampin llama “diez líneas maestras” que configuran un “manual diabólico” de la manipulación. Comienza por la manipulación silenciosa, en la cual basta con el orden de algunas palabras para connotar juicios muy definidos. Después aborda los estereotipos, las paradojas, el exceso en el uso de la información y los datos, los adornos en el lenguaje, la autoridad que le damos a quien emite los mensajes y cómo dicha autoridad se extiende más allá de su propia compe-tencia, los distractores aplicados en el juego político, entre otros temas.
Rampin dedica especial atención a analizar los casos en los que se engaña diciendo la verdad, práctica muy común en el ejercicio de la publicidad, el entretenimiento y la política. Su frase “con sabor a chocolate”, que en realidad quiere decir que muy probablemente el producto no tenga chocolate real, es emblemática de la venta de productos (de hecho, la frase da el título original al libro en su versión italiana). En la publicidad, el truco consiste en mostrar contenidos en el producto que tengan alguna connotación positiva, más allá del efecto real que puedan tener en su desempeño. De igual forma, el reporte noticioso puede tener un efecto distinto dependiendo de la disposición de la información, del tono de voz del comunicador o del énfasis que se ponga en datos específicos.
Al final, la comparación que Rampin hace de los comunicadores y políticos con los magos es afortunada. El artista del engaño tiene que practicar los gestos, los momentos en que se toca la cara para meter algo en su bolsillo, la inflexión de la voz cuando algo oculto está sucediendo, la distracción y el énfasis. Cualquier acto de comunicación es selección. Escogemos un asunto entre una gran cantidad de temas para después escoger nuevamente las palabras, el encuadre, el ángulo exacto. Estrictamente hablando, es difícil hablar de una expresión totalmente objetiva, sin tintes ni matices. La comunicación es, de alguna forma, solamente una aproximación a los hechos.
En el recuento de los engaños más comunes, Rampin exhibe los mecanismos como quien ha descubierto un truco y lo invalida, pero al mismo tiempo certifica su eficacia. Dice que tales ejemplos de manipulación son peligrosos y difíciles de detectar en el contexto de la comunicación masiva, pero al mismo tiempo son obvios y claros cuando se miran con cierto detenimiento. Probablemente su posición se circunscriba a otro tipo de truco, igualmente común en la publicidad comparativa, que consiste en decir que el producto de la competencia es extraordinario, pero que el nuestro es aún mejor.
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