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  año 10 | número 119 | Abril 2007 Inicio       Contáctanos  
 
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El yo y sus partes
Arnoldo Kraus

 

Antropología del cerebro. La conciencia y los sitemas simbólicos
Roger Bartra
Valencia, Pre-textos, 2006, 236 p.
ISBN 84-8191-765-6

En un ejercicio fascinante que articula campos tan diversos como la música, la pintura, la filosofía, la literatura y las neurociencias, Roger Bartra presenta una explicación novedosa sobre la conciencia y los elementos culturares y genéticos que la constituyen

Si uno empieza a hojear este libro de Roger Bartra por la bibliografía, o por el índice analítico, es muy probable que deba regresar al título para asegurarse de que las lecturas que sustentan las ideas del autor corresponden a lo que anuncia la portada. Desfilan, entre otros, escritores —Gustave Flaubert, Rubén Darío, Federico García Lorca—, músicos —Frederic Chopin, Franz Liszt—, científicos —Albert Einstein, Ranulfo Romo, Santiago Ramón y Cajal—, pintores —René Magritte, Pablo Picasso—, filósofos —Arthur Schopenhauer e Immanuel Kant—. Este tinglado expone un entramado variopinto, cuyos tejidos e intersticios requieren finas agujas y ojales milimétricos por medio de los cuales se tiendan las redes suficientes para armar un rompecabezas cuyo título es Antropología del cerebro.
Hasta donde sé, ni en las novelas ni en las sonatas ni en el Guernica ni en E=mc2 ni en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres existen elementos suficientes para aseverar que la conciencia y los sistemas simbólicos pueden entenderse (o representarse) en una, hasta ahora poco estudiada, “antropología del cerebro”. Después de leer la obra se comprende que fueron múltiples las palas, los picos, los libros y la sapiencia del autor para penetrar los recovecos celulares y subcelulares del cerebro; con esos elementos, Bartra propone una serie de hipótesis e ideas estimulantes y provocativas para acercarse a esa palabra tan utilizada y desafiante como es la conciencia.
“Yo pretendo hacer un viaje antropológico al interior del cráneo en busca de la conciencia o, al menos, de las huellas que deja impresas en las redes neuronales”, escribe el autor en la introducción, a lo que agrega que la principal expresión de la identidad dentro del cerebro es la conciencia. Desde el inicio explica que su mirada sobre este tema se apoya en algunas ideas sugeridas por John Locke en 1694:
Podemos entender la conciencia —escribe Bartra— como una serie de actos humanos individuales en el contexto de un foro social y que implican una relación de reconocimiento y apropiación de hechos e ideas de las cuales el yo es responsable. La manera en que Locke ve la conciencia se acerca más a las raíces etimológicas de la palabra: conciencia quiere decir conocer con otros. Se trata de un conocimiento compartido socialmente.
Esa idea es la almendra del libro: el motor que Bartra ensambla poco a poco y que persigue al lector durante todo el texto, donde reverbera continuamente la idea de si la conciencia y la inteligencia son producto de la cultura o si están más bien codificados, “desde siempre” —genéticamente—, en las redes neuronales.
Para salir de ese aparente impasse ofrece argumentos basados en sus pasiones —sociología, antropología, neurociencias, literatura y música—, así como en las herramientas que éstas le ofrecen para explicar que “la incapacidad y disfuncionalidad del circuito somático cerebral son compensadas por funcionalidades y capacidades de índole cultural”. Esa disfuncionalidad, explica Bartra, es suplida por un exocerebro —similar al exoesqueleto de los insectos—, que sería el equivalente a un sistema simbólico de sustitución o, en lenguaje más sencillo, una prótesis que se transmite por mecanismos culturales y sociales y que reemplaza y complementa las actividades que el cerebro no logra realizar.
Para explicar la noción del exocerebro Bartra sugiere varias ideas: primero, que el crecimiento de la masa encefálica a través del tiempo se basa en influencias culturales y sociales; después, que la experiencia del sufrimiento exige que el organismo despliegue dispositivos emocionales adecuados para activar los mecanismos simbólicos y cognitivos que residen en el cerebro, y, por último, que la necesidad del Homo sapiens de adaptarse al entorno permitió —o más bien, alentó— al exocerebro a aprovechar los sistemas simbólicos externos como voces, colores o figuras para incorporarlos a la vida rutinaria, a la conciencia.
El exocerebro funciona ya que el sistema nervioso tiene la posibilidad de “jugar” gracias a su plasticidad. La plasticidad cerebral permite aprovechar las experiencias provenientes del medio externo, las prótesis, para utilizarlas en su propio beneficio. Huelga decir que las ideas previas, así como las que explican los significados de la memoria artificial, de las esferas musicales de la conciencia o de los espejos neuronales, están basadas en rigurosos análisis donde arte y ciencia se mezclan y se enriquecen, tarea por demás compleja y fascinante.
Después de un sólido paseo intelectual es notoria la erudición del autor; los datos estimulan pero también incomodan por la cantidad de información contenida en tan pocas páginas. El último capítulo del libro, “El alma perdida”, ofrece un reencuentro entre las partes científicas y artísticas del texto, disecadas por las notas y los pinceles de un antropólogo convertido en lector de la conciencia.
“Yo es otro”, escribió Rimbaud, a quien Bartra cita para concluir:
Yo es otro. Extraña expresión que nos incita a reflexionar… la conciencia de nuestra identidad individual se extiende y abarca a los otros. El poeta nos recuerda que la conciencia nace del sufrimiento y de la asimilación de ese sufrir mediante el concurso de otros, gracias a que nos confundimos con ellos para afirmar nuestra perecedera identidad. Así perdemos el alma pero ganamos la conciencia.
Con Bartra el alma puede ser imaginada primero y palpada después, sin que la conciencia ni el exocerebro, en este mundo tan poco afecto al sufrimiento como poética de la vida, desdibujen o marchiten esa melancolía tan bartreana que en cada obra, a pesar de la densidad de su información, sigue sorprendiendo. Al igual que la vida nunca ha podido copiar la realidad, la Antropología del cerebro es tan sólo un abrebocas que estimula: contesta muchas preguntas y siembra otras tantas. Habrá que esperar un nuevo libro donde el autor permita recordar que las palabras atribuidas al gran matemático Gauss, “tengo los resultados desde hace tiempo, pero aún no sé cómo llegar a ellos”, son veraces por poco tiempo.

Arnoldo Kraus, médico, profesor y articulista, es autor de Morir antes de morir. El tiempo Alzheimer (México, Taurus-Universidad del Claustro de Sor Juana, 2007)



 
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