Libraria, Libros QED, Libros sobre Libros, Libros, Editorial, Editoriales, Editoriales México, Derechos de Autor, Novedades Editoriales, Libros México, Edición, Literatura
Libraria, Libros QED, Libros sobre Libros, Libros, Editorial, Editoriales, Editoriales México, Derechos de Autor, Novedades Editoriales, Libros México, Edición, Literatura
El México que puede ser
Guadalupe Nettel
El buscador de cabezas Antonio Ortuño
México, Joaqu?_n Mortiz, 2006,
Serie del Volador, 275 p.
ISBN 968-27-1019-7
Utilizando la voz de un narrador torturado y mezquino, Antonio Ortuño construye en ésta, su primera novela, una antiutopía en la que imagina lo que podría pasar si un partido de ultraderecha gobernara el país
Cuando nos atrevemos a leer las novelas de aquellos escritores que desde la ciencia ficción describieron nuestro tiempo hace más de cincuenta años o los que, como Martín Luis Guzmán, aventuraron profecías políticas sobre nuestro país, pensamos entre aprensivos y supersticiosos que más valdría no servirse de la literatura para vaticinar el porvenir, pues las fábulas ominosas que imaginaron nuestros antepasados, exagerando los rasgos de sus sociedades, se asemejan terriblemente a nuestra realidad.
En El buscador de cabezas, Antonio Ortuño amplifica los rasgos de un sector importante de la sociedad mexicana —el racismo, el desprecio por las minorías y la obediencia irracional a algunos sectores de la iglesia— para crear una antiutopía e imaginar qué pasaría si un partido conformado por esta gente se presentara a las elecciones presidenciales y las ganara.
Cada una de las frases de esta novela está pensada rigurosamente para socavar al lector, como un arte del veneno a cuenta gotas. Con ellas, Ortuño nos conduce por una montaña rusa de emociones encontradas para finalmente abandonarnos a nuestra suerte en medio de un dilema moral: la simpatía que sentimos por su deleznable personaje.
Uno de los mayores aciertos de esta primera novela consiste en su complejo y torturado narrador. Alex Faber pertenece a esa clase de hombres que trabajan al servicio de los poderosos. Su única libertad se limita a la autocrítica y al placer postergado de la traición a sus amos. En el análisis de sí mismo, que generalmente desemboca en el autodesprecio, encontramos los motivos de esta confesión.
El traidor es el mejor personaje para contar este tipo de historias. Resentido y a la vez disminuido por las culpas, establece un puente transgresor entre dos universos que se excluyen mutuamente. Su confesión, como la de W. Mark Felt, conocido hasta el año pasado como Deep Throat, o la de Chuck Barris, el espía estadounidense que se atrevió a denunciar en un libro las tácticas de la cia, permite analizar de cerca los móviles de un estado como el que Ortuño plantea. Periodista de un diario independiente, Faber se deja comprar por la ultraderecha y desde ahí realiza el verdadero proyecto de su vida: paladear los sabores putrefactos pero intensos de la ignominia.
En El buscador de cabezas sobresale una suerte de estética donde lo que impera es lo imposible, lo que pudo ser y no fue. Faber contempla el heroísmo de la misma manera en que se enamora de mujeres inalcanzables y se resigna de inmediato a no poseerlas. Así, mientras ejerce como delator y asesino a sueldo, piensa, con una nostalgia insuperable, en las acciones justas que no realizará jamás. Los personajes de este libro —estudiantes que militan, periodistas, travestis, empresarios, policías y clérigos— revelan los diferentes comportamientos que pueden tener los seres humanos en situaciones límite como las del arresto o la inminencia de la muerte.
Ortuño no perdona ni a los grupos de derecha ni a los de izquierda: a unos por asesinos y por su anhelo de una humanidad maquinaria, a otros por sentimentales, ciegos e inconsecuentes. Todos son satirizados, ridiculizados, comenzando por el mismo narrador. Con semejante desfile de máscaras, el autor parece decirnos que la justicia no existe, que la gracia es arbitraria y que quienes se salvan no son aquellos que más lo merecen, sino los que estaban ahí en el momento adecuado.
Antonio Ortuño ha sido durante años periodista y reportero en Guadalajara. Su primera novela sorprende por la eficacia de la prosa que consigue convulsionar al lector ante las contradicciones y las debilidades del género humano, pero también las de nuestro país.
Hace poco escuché decir a un periodista argentino que algo, en el discurso político de los mexicanos, denota una nostalgia de la dictadura que nunca tuvimos. Lo más aterrador de El buscador de cabezas es que la visión exagerada que nos ofrece de México se antoja perfectamente posible. ¿Cómo no establecer vínculos entre esta novela y la actualidad? ¿Cómo no decirse que quizás Orwell y Guzmán estaban más lejos de sus futuros catastrofistas cuando escribieron sus visionarias novelas de lo que está Ortuño de la suya?
Guadalupe Nettel, escritora, es autora de El huésped (Barcelona, Anagrama, 2006)