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Acariciando lo áspero
Juan Ignacio Boido
El huésped Guadalupe Nettel
Barcelona, Anagrama, 2006,
Narrativas Hispánicas 390, 189 p.
ISBN 968-867-199-1
En un cruce entre el terror psicológico de Henry James y la literatura fantástica de Julio Cortázar, esta novela de Guadalupe Nettel, que recibió el tercer lugar en el xxiii Premio Herralde de Novela, presenta una historia estremecedora en la que la amenaza de la ceguera lleva a una niña a enfrentar su destino
Desde hace siglos, los héroes persiguen una misma proeza: encontrarse. En los augurios de los hados, los héroes antiguos; en los soliloquios de su conciencia, los héroes shakespeareanos; en el rumor del inconsciente, los héroes freudianos, y en el destino encriptado en los genes, los héroes actuales. Freaks, mutantes, X-Men, enigmas, hoy, cada uno es su propio caso y su propio detective. Cada uno es su propio naufragio y su propia isla. Cada uno se rescata y se resuelve a sí mismo. Y es acá, al final de esta larga cadena de héroes que se buscan y se encuentran, donde se engarzan, silenciosamente, sin estruendos, novelas como El huésped de Guadalupe Nettel.
El núcleo de su historia es minúsculo: una niña se siente habitada por un ser extraño, amenazante, una entidad oscura decidida a tomar posesión, cuarto por cuarto, de su mente y cuerpo, hasta someterla o desalojarla para siempre de sí misma. La niña está convencida como sólo se está convencida del destino. Toda su infancia será una negociación permanente con La Cosa, un sinfín de maneras de dilatar la derrota. Su adolescencia traerá el lamento profundo por todo eso —incluidos el matrimonio de sus padres y la vida de su único hermano— que su adversaria le irá arrebatando, casi como advertencias. Y su juventud, una estoica preparación para el momento final de la claudicación, la llegada de eso con lo que La Cosa sellará su aislamiento definitivo del mundo: la ceguera.
Si de verdad quedará ciega y a merced de una criatura que la habita, o si se trata del delirio de una mente poseída por sus propias fantasías, es la intriga sobre la cual la novela avanza en perfecto equilibrio bajo los espectros tutelares de Freud y Henry James: un cuento de terror transcurriendo en una mente infantil. Pero la determinación, el convencimiento, la certeza de su destino la lleva más allá, arrancando la trama de la mente y empujándola al mundo. Determinada a sellar la belleza de la vida en su memoria antes de perder la vista, y determinada también a prepararse para el final, esa chica de voz tenue, que, sin dejar de avanzar nunca, ofrece ramalazos de lirismo en los que describe el mundo como si lo viera por primera o última vez, se inscribe como profesora en un instituto de ciegos. Como una puerta escondida en una biblioteca, ese trabajo en apariencia ordenado y circunspecto la arrastrará de repente a un inesperado submundo mexicano, a un universo paralelo, al centro de una cofradía de freaks, minusválidos y lisiados emocionales que habitan la ciudad según sus propias reglas, al lugar donde los poetas viscerales de Roberto Bolaño comulgan en el Distrito Federal con las frágiles pero inquebrantables mujeres de Haruki Murakami.
Si hay otros mundos pero están en éste, la protagonista de El huésped los recorre en busca de ése destinado a ser el suyo, ése en el que dejará de ser, finalmente, su propia huésped. Y es ese viaje por el reverso del df —violento y revelador, áspero pero verdadero— el que la llevará finalmente a descifrar el misterio de su naturaleza, hasta desembocar en una luminosa escena final, en los oscuros pasajes del subterráneo, donde la derrota se transformará no en fracaso sino en proeza y ella, en una heroína para sí misma.
Juan Ignacio Boido es editor de Radar, el suplemento cultural del diario argentino Página 12. Recientemente publicó “Rusia” en la edición española de Granta