Para alguien como yo, que nació en los años setenta y sobrevivió su infancia en plena década perdida, la ciudad de México siempre fue la catástrofe cotidiana y asequible, el horror de todos los días. Se trataba de un personaje con rostro deforme, cuerpo inabarcable y mirada acechante; en todo caso un ser con el que resultaba delicado, o al menos embarazoso, convivir. Cuando venían mis familiares de Estados Unidos a contar con orgullo las maravillas de los malls y los freeways, el pudor me impedía acompañarlos a recorrer mi propia ciudad.
La primera vez que sentí desvanecerse esa vergüenza fue al leer El águila y la serpiente (1928), de Martín Luis Guzmán. Sus precisas descripciones de las calles capitalinas en la segunda década del siglo xx me parecieron inadmisibles: ¿cómo era posible que hablara sobre la belleza de una metrópoli que estaba en plena insurrección bélica? Las palabras escritas en el exilio provocaban la añoranza del mayor novelista de la revolución mexicana, hasta construir una imagen idílica probablemente insuperable: “Las calles rebosaban de ruido alegre, de tráfago jocundo, de discreta disposición al goce de todos los sentidos… Así las cosas, una mañana, en cuanto puse pie en la calle, advertí que sobre la ciudad flotaba un ambiente extrañísimo: me envolvieron, al salir a la acera inundada en luz, barruntos o dejos de lo insólito.”
A partir de ese momento comencé a fomentar una manía peligrosa: encontrar en la literatura páginas que contrarrestaran, de algún modo, el espanto de vivir en una ciudad catastrófica. Para bien de mi carácter obsesivo, pero muchas veces en detrimento de mis gustos literarios, las hallé a montones. De entre toda esa amalgama de imaginaciones urbanas, rescato las que me parecen escritas al mismo tiempo con amor y sinceridad, aquéllas que no caen en el error de maquillar y dejar inerme al monstruo citadino, o de nombrarlo sólo desde el pánico.
Ese difícil equilibrio lo logra Alfonso Reyes. Con su “Palinodia del polvo”, el polígrafo regiomontano comienza una tradición que tiene como constante lamentar la pérdida de cierta plenitud urbana, como si la ciudad constituyese un edén arrebatado, en este caso por el avance civilizatorio transfigurado en polvo. Cuatro décadas más tarde, José Emilio Pacheco refrendará esa visión de la ciudad como paraíso perdido. En 1981, al escribir Las batallas en el desierto, Pacheco narra la historia de un hombre que recuerda los vericuetos de su infancia, escenificada en la colonia Roma. A pesar de centrarse en los infortunios amorosos del protagonista, la idealización del pasado no se hace esperar y la nostalgia se vuelve el sentimiento fundamental que guía la escritura y da forma a la imagen de la ciudad de finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta.
De entre las urbes extraviadas en el recuerdo, la más famosa es la fabulada por Carlos Fuentes. Se ha dicho innumerables veces que La región más transparente (1958) inaugura la literatura urbana en México, en el sentido de ser la primera obra que hace de la ciudad un verdadero personaje. Lo que se ha olvidado mencionar es que el lenguaje solemne y los personajes maniqueos de la novela en buena medida han envejecido, de modo que la vitalidad urbana del medio siglo ya no se ve retratada sino anquilosadamente.
En contrapartida se encuentra Jorge Ibargüengoitia. Difícil era imaginar que La ley de Herodes, publicada en 1967, tendría a estas alturas, cuarenta años más tarde, una frescura renovada. El personaje de estos cuentos (un alter ego del autor que vive en la calle Francisco Sosa, en Coyoacán, y es un pésimo vecino) narra las contrariedades que trae consigo vivir en la ciudad de México y las convierte en farsas jocosas y risibles. Aquí, la autoparodia como eje del humor y la transgresión por fuerza de la ironía hacen de la ciudad un espacio gozoso y sobrevivible. La muerte trágica de Ibargüengoitia en el aeropuerto de Madrid, además, la hicieron irrepetible.
Continúo con retratos desacralizadores de nuestra monstruópolis. De entre la narrativa que ha hecho de la urbe no sólo telón de fondo de la acción o escenario, sino sentido de la trama y personaje, destacan los ejercicios ficcionales de un cronista: Carlos Monsiváis. La serie de textos titulados “Parábolas de las postrimerías”, aparecida en Los rituales del caos (México, Era, 1995), rebasa las fronteras de la crónica y ficcionaliza a través de un lenguaje de referencias bíblicas el apocalipsis urbano en que vivimos. A manera de epifanías de la sociedad, es decir, como revelaciones del sentido último que adquiere la historia colectiva, en estos textos un hombre dialoga con voces divinas y la ciudad de México se presenta como el anuncio del juicio final: “Y pregunté: ¿qué ha sucedido con profecías y prospectivas? ¿Dónde almacenáis el lloro y el crujir de dientes… y la luna toda como de sangre, y las estrellas caídas sobre la tierra?… y uno se acercó y con voz de trueno que murmura me advirtió: ‘¡Hombre de demasiada fe! ¿Qué aguardas que no hayas ya vivido? La esencia de los vaticinios es la consolación por el fraude: el envío de los problemas del momento a la tierra sin fondo del tiempo distante. Observa sin aspavientos el futuro: es tu presente sin las intermediaciones del autoengaño’.”
En este recorrido personal por textos ejemplares de una ciudad polivalente, deseo destacar un libro notable por extraño. Se trata de Gente de la ciudad, escrito en 1986 por Guillermo Samperio. Digo “extraño” porque se trata de prosas que no siempre narran historias con personajes de carne y hueso, sino que utilizan los objetos de la urbe para crear una radiografía subterránea y casi poética de la ciudad. En la prosa de Samperio (cercana a ciertos textos brevísimos de José Alvarado, Juan José Arreola y Hugo Hiriart) se dan la mano postes, perros, coladeras, insectos, muros… escapando con fortuna y soltura creativa a las retóricas del apocalipsis y del melodrama, tan fáciles de hallar en la literatura del país.
Dos de las últimas obras narrativas que se han escrito sobre la ciudad de México tienen aires de familia. Estoy hablando de Hombre al agua (México, Joaquín Mortiz, 2004), de Fabrizio Mejía Madrid, y Al final del vacío (México, Mondadori, 2007), de J. M. Servín. Ambas novelas, escritas en primera persona, narran la historia de un personaje que recorre las calles de la urbe con una mirada singular: la de quien está más allá de la ilusión o la nostalgia y tiene la conciencia cínica de estar enamorado del caos. Relatos desencantados, estos textos del nuevo siglo hablan de una ciudad en donde la esperanza es algo ajeno y prescindible, y cuya mayor virtud es provocar hilaridad o permitir la creación de atmósferas inquietantes. En cualquier caso, sus intentos por hablar de nuestra ambigua y confusa urbe son agradecidos por ciertos lectores enfermos como el que escribe este texto: sus invenciones continúan alimentando esa neurosis infantil de vivir en medio de una ciudad extraviada sólo recobrable y redimible en el gozo de las palabras.
- En el pasado literario de nuestro propio país podemos rastrear profecías antiutópicas hacia la urbe. En el siglo xviii, la inquisición confiscó una noveleta anónima de cuya existencia sólo quedan algunas referencias y el título: Ciudad de Méjico, año 2004. El relato creaba la imagen futurista de un mundo sin dioses, con vehículos motorizados, luces penetrantes, muchedumbres inhumanas y barcos voladores. Según el texto, las estrellas celestes se habían apagado y sólo eran visibles grandes banderas.
- No todos los testimonios sobre Mexico City provienen del desencanto. El escritor comunista Mike Gold, en un artículo publicado en el periódico Liberator (enero de 1920), escribió: “En la ciudad de México no hay rascacielos y la gente se mueve lentamente por las calles. Allí hay siempre una suave fragancia de flores en el aire... Hay algo diferente aquí, y a pesar de no poder analizarlo claramente, sé que está muy próximo al amor fraternal de los camaradas con los que el nuevo mundo se ha de construir.”
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