Acaso a raíz de los premios internacionales que ha ganado en los últimos años —Premio Herralde 2005 con La hora azul y finalista del Premio Planeta-Casamérica 2007 con El susurro de la mujer ballena— la editorial Planeta ha publicado algunos de los trabajos más representativos del escritor peruano Alonso Cueto (Lima, 1954), entre ellos la novela corta El vuelo de la ceniza (1994). La lectura en conjunto de esta novela y la recientemente galardonada El susurro… resulta reveladora por dos grandes motivos.
En primer lugar, ambos textos señalan claramente las dos vetas más importantes del trabajo de Cueto más allá de las novelas que significaron su proyección internacional, aquellas revisiones críticas, en clave de ficción, de procesos dolorosos y ciertamente traumáticos de la historia reciente del Perú. Si Grandes miradas (2003) se abocó al estudio de los efectos del régimen de corrupción de Vladimiro Montesinos durante el gobierno autoritario de Alberto Fujimori, La hora azul (2005) se detuvo en las secuelas morales del conflicto armado interno que libraron el estado peruano y la agrupación terrorista Sendero Luminoso durante los años ochenta. Frente a esas referencias previas, tanto El vuelo de la ceniza como El susurro de la mujer ballena constituyen ingresos representativos en las convenciones del género policial, que Cueto abordó por los años noventa, y en la ficción de carácter psicológico en clave jamesiana, característica que impregnó claramente sus primeros trabajos de ficción en los años ochenta.
La segunda razón está más bien ligada al desarrollo del oficio del narrador peruano. Entre ambas novelas median doce años y a través de ese lapso es posible comprobar de modo inapelable los avances de la narrativa de Cueto, un proceso de crecimiento y conquista de la madurez sobre la base de un trabajo disciplinado y constante. Como contraparte de su sucesora, la novela del año 2007 parece escenificar la superación de varias de las características que en ciertos casos empañaron el trabajo del ahora laureado novelista peruano. Si El vuelo de la ceniza es una novela que intenta poner los acentos en el mundo interior de sus seres a la vez que cumplir con las convenciones de un género —el policial— que claramente la sobrepasa, empobreciendo de este modo la naturaleza de algunos de los personajes, El susurro de la mujer ballena es casi la representación de una ficción en la cual la soberanía de lo que es narrado se juega en el ámbito estricto de los protagonistas y de sus pulsiones. En ella el género es sólo efecto de las demandas internas de sus criaturas, y no causa de ellas.
El vuelo de la ceniza parte de un fichero de personajes con una misión funcional dentro del esquema de la pesquisa policial con tintes psicológicos. El asesino en serie —el doctor Boris Gelman, quien pretende revertir la muerte de su padre en manos de una bailarina de nightclub—, el detective solitario —el mayor Gómez, un individuo que vive una vida desencantada— y la enigmática mujer —Sonia Aguirre, que es a su vez la posible futura víctima y la potencial pareja del detective justiciero— se unen en una trama que tiene lugar en una Lima espectral y de reminiscencias poéticas. Muy pronto la presencia de una pareja alterna: el negro Tristán y la prostituta Carmela, será necesaria para hacer andar la serie de crímenes, muertes y hallazgos de la novela.
Una vez que todos se integran al ritmo apresurado que Cueto desea imprimirle a los hechos que narra, la sensación que se desprende del texto es que en ocasiones los personajes son rápidamente resueltos por medio de algunos modos estereotipados. El caso más claro acaso sea el del negro Tristán, que se caracteriza por invertir los términos de la oración “me da pena, mucha pena me da, compadre…” (p. 68), pero también ocurre con el propio asesino, sujeto al uso de una reiteración constante como posible traducción de su conciencia: “Tenía que buscarla otra vez, buscarla. A ella. A otras. Seguir. Seguir. Seguir. Otras mujeres. Otras mujeres como ella” (p 53). En esa estrategia Cueto también echa mano de cierto costumbrismo quizás involuntario, característica que restó algunos puntos a la más lograda La hora azul, y de un estilo telegráfico que le dio muy buenos frutos en una novela posterior como Grandes miradas pero que aquí entra en pugna con las pretensiones poéticas y atmosféricas del estilo. La ingeniosa solución de la trama, eso sí, reconstruida por el detective sobre el final de la novela, es sin duda uno de los puntos más sobresalientes de ésta, lo que señala su tendencia a resolverse en las convenciones predeterminadas del esquema policial.
En ese sentido El susurro de la mujer ballena resulta mucho menos encasillable que su predecesora. En ella la mirada de la narradora, que ejecuta un lenguaje mucho más sereno y de una mayor claridad, se centra en los sucesos que unen de modo intenso a Verónica Ross, exitosa y atractiva periodista de la sección internacional de un medio prestigioso de Lima, y a Rebeca del Pozo, millonaria y solitaria mujer atrapada en un cuerpo descomunal. Ambas fueron amigas secretas en el colegio, donde Rebeca fue vejada sistemáticamente ante el silencio cómplice de Verónica, y luego de muchos años se reencuentran de un modo aparentemente accidental en un vuelo de avión.
Desde ese encuentro, y mediante una intriga que por momentos amenaza con convertirse en una desbocada narración sentimental y por momentos en un thriller, Cueto estudia a ambos personajes a través de una observación atenta y minuciosa en la que el costumbrismo y las soluciones esquemáticas han desaparecido por completo. La construcción de los personajes se realiza a partir de detalles muy sutiles que son presentados de modo constante —maneras de vestir, elecciones de joyas, gestos mínimos— y sus intenciones son menos previsibles y más problemáticas —es el caso de los afectos oscilantes, a veces contradictorios, que siente Verónica por su esposo, por su amante, por la propia Rebeca—. En ese orden de cosas lo que sí se subordina a una estrategia consciente y clara es el develamiento progresivo de la “escena primordial” que explica buena parte de la novela y que, como señuelo, sostiene el interés del lector. En ese efectivo control de la trama y liberación de las psicologías de los personajes, los contados remanentes de coloquialismo —el uso de la expresión “oye” en los diálogos entre mujeres— no empañan el éxito de una construcción en la cual el hallazgo mayor es sin duda la voz narrativa: una mujer notablemente definida.
El susurro de la mujer ballena tiende, por todo ello, a una progresiva complejización. Si las dos figuras parten de una oposición previsible —la flaca exitosa y la gorda perdedora—, los acontecimientos a que serán sometidas y sus consecuencias borrarán los límites que las separan hasta casi consustanciarlas. El tema de fondo se encuentra más allá de la relación de ambas y se resuelve en tópicos recurrentes en la obra de Cueto: la crisis de identidad en la ciudad, el papel de la memoria, los fantasmas de la clase media. Sin embargo, esta vez esas obsesiones se resuelven con mayor definición porque el autor ha usado herramientas más refinadas y ha escogido soluciones formales más sutiles. Así, El susurro de la mujer ballena es nítidamente superior a El vuelo de la ceniza, pero también a las ya celebradas Grandes miradas y La hora azul.
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