En la literatura dedicada al ajedrez hay dos grandes categorías: los libros que requieren de un conocimiento mínimo para reproducir sus partidas y los que pueden leerse sin necesidad de esas anotaciones.
Comenzaré por referime a Siluetas del ajedrez ruso (Buenos Aires, Dancadrez, 2007), una colección de semblanzas escritas por Genna Sosonko, gran maestro peterburgués que emigró a Holanda en 1972. Con una prosa elegante y plena de nostalgia, Sosonko describe a personajes legendarios como el campeón del mundo Mijaíl Tal: “Era de otro planeta. […] Pertenecía a la extraña categoría de personas que, como si fuese una verdad evidente, rechazan todo aquello que interesa a la mayoría y atraviesan la vida con paso ligero […] un elegido del destino, un ornamento del mundo. Al quemar su vida sabía que no se trataba de un ensayo general, puesto que no tendría otra. Pero no quería, ni podía vivir de modo distinto.”
Otro apunte fascinante es cuando Mijaíl Botvinik, quien dominó el escenario mundial en la década de los cincuenta debido a su tesón y capacidad de trabajo, afirma categórico: “Nunca jugué ajedrez por placer.” Su recio carácter se mostraría, incluso, en sus horas finales. Aquejado por una enfermedad terminal giró las instrucciones referentes a sus exequias.
Mi narración preferida del libro es “El salto”, en el que asistimos al desenlace de Alvis Vitolins, un brillante ajedrecista letón que terminó sus días arrojándose desde un puente sobre el río Gauja. A la postre, el lector cae en la cuenta de que estas semblanzas bosquejan un mural más amplio: el esplendor y la tragedia del ajedrez soviético.
En la misma vertiente, Sosonko publicó después El pasado confiable y Chip de San Petersburgo, que aún no se traducen al español. Si bien incluyen estampas de jugadores occidentales como Anthony Miles o Jan Timman, ambos libros continúan el viaje por el reino perdido, cuando millones de aficionados rendían pleitesía a sus grandes maestros, sin imaginar la suerte que el comunismo, o su posterior derrumbe, podría acarrearles.
Un testigo de la época fue Víctor Baturinsky, el mandamás de la kgb que controló con puño de acero el ajedrez soviético. Después de describir algunas injusticias cometidas por dicho jerarca, Sosonko acude a un recuerdo personal. Tras años de exilio, merced a la perestroika visitó Moscú en 1988. Luego de atravesar un salón de su querido Club Central escuchó a sus espaldas la ominosa voz de Baturinsky: “A lo que ha llegado el mundo. Pronto tendremos a Korchnoi por aquí.”
En una narración de Chip de San Petersburgo, Sosonko parte de la tesis de Konrad Lorenz sobre la agresión para explorar esta faceta del ajedrez. De forma un tanto sorprendente sostiene que el juego exige una voluntad implacable de ganar y que los contados casos en los que algún maestro se apiada de su adversario afectan negativamente al propio ajedrecista y al desarrollo de la competencia.
Otra lectura recomendable es Mis geniales predecesores (La Roda, Merán, 2003), la obra monumental en cinco tomos de Garri Kaspárov, para muchos el mejor ajedrecista de la historia. A diferencia de los libros de Sosonko, que no incluyen partidas, los de Kaspárov combinan textos narrativos con análisis deslumbrantes.
El primer volumen abarca la época de los campeones mundiales Wilhelm Steinitz, Emanuel Lasker, José Raúl Capablanca y Alejandro Alekhine, que va desde mediados del siglo xix hasta la segunda guerra mundial. Con señalamientos precisos, el autor demuestra la importancia de estos pensadores. De paso, echa por tierra los lugares comunes que se han elaborado en torno de sus personalidades y estilos de juego.
El segundo tomo comienza con el holandés Max Euwe para adentrarse en el dominio soviético que, tras el conflicto mundial, impusieron Mijaíl Botvinik, Vasily Smyslov y Mijaíl Tal. Quizás la parte más memorable del libro sea la que el autor dedica a su maestro, en la que llega a afirmar: “Soy el único alumno genuino de Botvinik”.
El misterioso juego de Tigrán Petrosián y la brillantez de Boris Spassky son el tema central del cuarto volumen. Contra la opinión del vulgo, Kaspárov demuestra que la sutileza de Petrosián obedecía a su capacidad táctica y que el estilo universal de Spassky no era sino un retorno al romanticismo. De paso, revisa las trayectorias de Gligoric, Portisch y Stein.
El tomo siguiente rinde cuenta de los mejores jugadores de occidente. Tras detenerse en el juego de los estadounidenses Reuben Fine y Samuel Reshevsky, el danés Bent Larsen y el polacoargentino Miguel Najdorf, la atención de Kaspárov se vuelca obsesivamente sobre Bobby Fischer. Con admiración, pero sin dejarse avasallar por el prodigioso neoyorkino, aventura la hipótesis de que éste sólo dominó el ajedrez entre 1969 y 1972.
El quinto libro estudia el juego de Anatoli Kárpov y de su retador, el enjundioso Víctor Korchnoi. Dado que Kaspárov enfrentó a ambos en numerosas ocasiones, escribe con pleno conocimiento de causa. Y, a pesar de la rispidez que caracterizó sus duelos con Kárpov, deja en claro su búsqueda de la verdad histórica.
En suma, Mis geniales predecesores viene a ser una relectura extraordinaria del ajedrez moderno por parte del individuo mejor calificado para emprenderla. Con la profundidad y el empeño que caracterizaron su juego, Kaspárov somete a la lupa juicios que por décadas se creían satisfactorios y que su visión, respaldada por programas de computadora, nos obliga a reconsiderar.
Al parecer, la serie ha concluido por falta de otros predecesores. En 1985 Garri Kaspárov le arrebató el título mundial a Anatoli Kárpov, mismo que conservó hasta 2000, cuando lo perdió ante su compatriota Vladimir Krámnik. Cinco años después, Kaspárov se retiró de los torneos para embarcarse en una partida más difícil: democratizar a Rusia sacando del tablero a Vladimir Putin.
No obstante, para sellar su pacto con la historia del ajedrez, el autor tendrá que analizar sus propios duelos por la corona, así como el juego de sus contemporáneos y de sus sucesores. Hace pocos meses, el hoy político y conferencista publicó un libro singular. Cómo la vida imita al ajedrez (Madrid, Debate, 2007) no contiene partidas, sino una reflexión sobre los alcances del juego ciencia en el campo del razonamiento, la estrategia, los negocios y la toma de decisiones. Aunque ha sido objeto de críticas, yo lo encuentro valioso porque permite al neófito asomarse a la mente de un gran jugador y, por último, responde a la pregunta: ¿para qué sirve el ajedrez?
México ha tenido hasta la fecha seis grandes maestros. Al legendario yucateco Carlos Torre, que derrotó a Emanuel Lásker y entabló con Alekhine y Capablanca, le siguieron Marcel Sisniega, Gilberto Hernández, Juan Carlos González, José González y, recientemente, Manuel León, de tan sólo 18 años de edad.
El libro Curso completo de ajedrez, escrito por Marcel Sisniega y publicado por Aguilar (2001) es una excelente guía de iniciación, destinada tanto a niños como al público en general. Con más de 800 diagramas y mediante un lenguaje sencillo, el texto lleva de la mano al principiante, mostrándole desde los movimientos de las piezas hasta las principales aperturas y finales. En cada página plantea al lector ejercicios para que perfeccione su juego.
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