“Aquel que prohibe la lectura de libros de filosofía a quien tiene talento para ello, por juzgar que ciertos hombres han caído en el error después de haberlos leído, es a nuestro parecer como alguien que prohibiría a un sediento beber agua fresca, obligándolo a morir de sed, bajo pretexto de que hay hombres que se han muerto ahogados.” (Averroes, Tratado sobre la religión y la filosofía.)
Como Galia, toda biblioteca se divide en tres partes: la más baja, con los anaqueles entre el ras del suelo y la cintura del lector; la sección media, a la que se puede acceder cómodamente y que llega a la altura de la cabeza, y la tercera, la más alta, la que requiere un esfuerzo físico, o incluso la ayuda de un banco o una escalera, para llegar a los estantes más lejanos. La primera sección exige que nos agachemos, que inclinemos el cuerpo en una suerte de improvisada reverencia, que nos pongamos de rodillas (si el estómago nos lo permite) para sacar un libro de esos anaqueles inferiores. Se dice que los arquitectos que construyeron la tumba de Napoleón en Los Inválidos procedieron de esta manera, colocando el sarcófago en el subsuelo, para que el visitante que quiera observarlo desde la baranda protectora necesite inclinar la cabeza en señal de respeto al emperador. La segunda parte es la más cómoda, y por consiguiente, la más familiar. Allí se encuentran los libros que consultamos más a menudo, ya que están más a mano. Podemos recorrer esos anaqueles centrales sin contorsiones ni ayudas externas. Por fin, la tercera sección, la de los anaqueles altos, contiene los libros de más difícil acceso y, tal vez por esa razón, los más secretos.
Imaginemos ahora que la biblioteca, como quería Borges, es un espejo del universo o, de una manera más modesta, de nuestro propio universo social. ¿Cómo ubicamos los libros en las distintas secciones de esta biblioteca simbólica y tripartita? Podríamos decir, en términos generales, que los libros que una sociedad comparte públicamente (los clásicos universales, pocas veces leídos, los libros de referencia, los diccionarios y las enciclopedias) ocupan la primera sección, la de los anaqueles inferiores. La segunda contiene los libros del núcleo familiar, aquellos tomos que, como las sillas, las mesas y los armarios de la casa de nuestra infancia, rezagos de un pasado más o menos mítico, definen el espacio acostumbrado en el que hemos crecido: un Quijote, una antología de Reader’s Digest, una Biblia, ajadas ediciones de Los cipreses creen en dios, La ninfa constante, El libro de san Michele, algunas novelas de Romain Rollard, de Javier Poncela, de Somerset Maugham. La tercera y última sección es la del universo privado, el reino protegido de cada lector. Allí colocamos los libros que no queremos que los demás vean, los amores ocultos, las pasiones privadas. Entre los libros del anaquel más alto se encuentra nuestra verdadera autobiografía.
Estas tres secciones, por supuesto, están relacionadas entre sí. En una sociedad intelectualmente activa, de pensamiento vigoroso, la sección pública soporta y esclarece la sección familiar, que a su vez alienta y protege la intimidad y peculiaridad de los anaqueles más altos. En una sociedad así, se conoce el poder de la palabra y, para que ésta no degenere en dogma o propaganda, se insiste en el diálogo. Como quería Erasmo, en una sociedad como ésa cada hombre y mujer leerían la Biblia, para luego discutir sobre sus lecturas en el foro público, argumentando y enriqueciéndose a partir de esos debates. Por desgracia, esa sociedad, feliz poseedora de una biblioteca ideal, casi no existe o no ha existido. Es cierto que en algún momento hubo sociedades en las que la lectura poseía un prestigio público; otras en las que los núcleos familiares eran centros de actividad intelectual y educativa; otras en las que los anaqueles más altos salvaron la vida de sus singulares lectores en algún oscuro gulag o campo de concentración. Pero pocas veces las tres secciones de esa biblioteca coexistieron; pocas veces los lectores hallaron eco en sus familias o en el círculo más amplio de sus sociedades. Se dice que algo así ocurría en la Córdoba del siglo x, en la Estambul del xvi, en la París de las primeras décadas del siglo xx. En cambio, en la actualidad, si bien hay millones de lectores que guardan unos pocos y preciosos volúmenes en los anaqueles más altos, el resto de la biblioteca familiar y social yace desmantelada y vacía.
En una pequeña aldea francesa durante los primeros años del siglo xix, el propietario de un aserradero llamó una mañana a su hijo Julien, a quien había encargado la vigilancia de las máquinas. Dos o tres veces gritó su nombre, hasta que por fin lo descubrió inmerso en la lectura de un libro en medio del atronador estrépito de la sierra. “Una primera y violenta bofetada lanzó al arroyo el libro que Julien estaba leyendo; una segunda, igual de violenta, en la cabeza, le hizo perder el equilibrio. Estuvo a punto de caer a unos cuatro o cinco metros de distancia, entre las manivelas de las máquinas en marcha, que lo hubieran triturado, pero su padre lo detuvo con la mano izquierda e impidió la caída.
—Bueno, haragán. ¿Así que leyendo esos malditos libros en el momento en que deberías estar vigilando la sierra? Lee de noche, cuando vas a perder el tiempo en casa del cura.”
Julien tenía entonces 18 o 19 años. El libro que su padre había arrojado al agua era su preferido, el Memorial de Santa Elena, del conde Las Cases, la crónica biográfica de su admirado Napoleón.
La escena tiene lugar en uno de los primeros capítulos de Rojo y negro. Hace poco, mientras releía la novela, se me ocurrió que sería casi inimaginable encontrar una escena como ésa en una novela de nuestros días, una novela que, como la de Stendhal, quisiera retratar los entretelones de la vida contemporánea. Y me pregunté por qué.
En 1830, año en que se publicó la novela, en medio de la denominada “revolución de julio” que puso fin a la monarquía de los Borbón, Francia seguía manteniendo una clara división entre las clases sociales que la revolución de 1793 había pretendido suprimir. La nueva monarquía burguesa de Luis Felipe, en lugar de aliarse con las fuerzas intelectuales (con los escritores, los artistas, los científicos y los periodistas), las hizo despectivamente a un lado. La juventud intelectual no hallaba lugar en la vida política, sino solamente en la burocracia de la iglesia (como le ocurre a Julien). Los jóvenes intelectuales se sentían traicionados por sus mayores. El padre de Julien, por ejemplo, un campesino que, sin haber estudiado, es propietario de un gran aserradero, se opone a las aspiraciones intelectuales de su hijo porque alteran el orden social en el que él se ha hecho rico. En esa sociedad de castas Julien, al igual que Napoleón, pretende ascender a una posición que no es la suya ni la de su padre. Para éste, lo que cuenta es el trabajo duro y corporal y el respeto a las tradiciones. Para Julien, la libertad de acción, el poder político y el prestigio social. En esta sociedad en transición, el símbolo de la separación entre Julien y su padre es, más que ningún otro, el libro. Para el padre, ocuparse con un libro, dedicarse a estudiar sus páginas, adoptar la posición física de un lector ocioso, es un escándalo insoportable. En un universo de reyes guillotinados, de generales ansiosos por conquistar el mundo, de revueltas populares y utopías traicionadas, el acto de leer sigue manteniendo un peso simbólico casi superior al de cualquier acto revolucionario.
No es que ser lector convierta automáticamente a un personaje en un ser noble y ejemplar. Al contrario. Sabemos demasiado bien que la historia abunda en ejemplos de lectores empedernidos que luego, como si nada hubiesen leído, han sido tiranos, torturadores, criminales. El libro no es un instrumento moral. El libro no educa, no juzga, no alienta a tener un buen o mal comportamiento. El libro puede conducir a todas esas cosas, pero en sí mismo es un talismán neutro. Timonel de sus propias lecturas, Julien no será un héroe ejemplar, no eligirá el camino ético de Alonso Quijano ni el de los sueños sensuales de Emma Bovary. Julien repudiará a su familia, seducirá a la madre de sus pupilos, enamorará a la hija de su patrón, la dejará embarazada, hará que ella le obtenga, a través del padre, el rango de teniente y por fin, después de asesinar a su fiel primera amante, morirá decapitado en el patíbulo. La vida de Julien no es, al fin y al cabo, sino una serie de transgresiones sociales. Y su primera transgresión, su primer delito, será el haber amado los libros.
Es preciso destacar que para los primeros lectores de Rojo y negro, el hecho de que, al principio del libro, el personaje de Julien apareciera leyendo poseía un significado claro: el muchacho, hijo de campesinos, que usurpa con orgullo el prestigioso acto de leer, no puede ser otra cosa que un héroe revolucionario, fruto de ese nuevo movimiento artístico que inicia el joven Victor Hugo con el escandaloso estreno de Hernani, alguien a quien le está permitida toda ambición. Julien es un Don Juan empeñado en penetrar en las alcobas de sus superiores, un Napoleón lanzado a la conquista de las clases sociales que por razones de sangre le están vedadas, pero por encima de todo es un héroe literario, creado por la lectura y justificado por ella. Que sea “bueno” o “malo” poco cuenta en este contexto. Lo que importa, para sus primeros lectores, es el hecho de que ser lector le otorga a Julien un prestigio claro y profundo.
Dos años después de acabar la novela, Stendhal le envía a un amigo italiano una larga carta explicativa. Comienza diciendo que durante los últimos años todo ha cambiado en Francia. Las diversiones sociales ya casi no existen: ahora la gente, en lugar de asistir a bailes o a meriendas campestres, lee. “No hay señora provinciana que no lea cinco o seis libros al mes; muchas leen quince o veinte. Y no hay pueblo pequeño que no tenga dos o tres cabinets de lecture” (lo que hoy llamaríamos bibliotecas circulantes). Pero aquellos lectores no se interesan por la verdadera literatura; buscan, en cambio, la aventura emotiva, simple. Las complicaciones del alma les aburren, pasan por encima las descripciones y las ambigüedades. Y sin embargo, incluso esa lectura simplificada y banal posee un prestigio social en la Francia de principios del siglo xix. En el mundo de Stendhal, los campesinos son brutos para quienes los libros no poseen utilidad alguna. Julien, dice Stendhal, es el único en su familia que sabe leer, y devora no sólo el ya mencionado Memorial, sino también las célebres Confesiones de Jean-Jacques Rousseau. Estos libros, explica Stendhal, educan el alma de Julien. Y aclara: no es la lectura la que corrompe o educa el espíritu del joven; son las palizas y las burlas constantes de sus padres y sus hermanos, las que convierten “esa alma de una sensibilidad profunda y constantemente ultrajada” en “desconfiada, colérica, envidiosa de toda felicidad de la cual se ve brutalmente privada y, sobre todo, orgullosa”. En la sociedad en la que crece Julien, el libro le brinda a un joven la oportunidad de definirse como individuo. La ignorancia y las consecuentes hipocresías sociales son las que lo corrompen.
Si Julien Sorel resucitara en la Europa de hoy, su carrera social sería sin duda mucho más sencilla y menos peligrosa. Pocos se interesarían en sus mentiras y adulterios, y menos aún en su voluntad de ascender a las clases privilegiadas. Por encima de todo, su educación literaria (en el caso de que un Julien contemporáneo siguiera interesado por los libros) tal vez sorprendería por la elección de los títulos (no muchos conocen hoy el Memorial de Santa Elena o la obra de Rousseau), pero no tendría nada de escandalosa y, sobre todo, no sería en absoluto un acto prestigioso. Ver hoy en día a un personaje leyendo no le confiere las características de inteligencia, sensibilidad, ambición y búsqueda de sí mismo que el lector de Stendhal reconocía en el Julien de 1830. El Julien de nuestros días, descubierto con un libro en la mano, no sería más que un personaje con un pasatiempo algo pedante; una persona poco sensual (a diferencia del fogoso Julien), retraída, para nada amante de la acción; en suma, poco atractivo. (En la serie televisiva Superman, cuando el Hombre de Acero quiere hacerse pasar por el debilucho Clark Kent, no sólo se pone unas intelectuales gafas, sino que toma un libro y se sienta en un sillón, como sustraído del mundo de la actividad física y por lo tanto verdadera.)
Hoy en día, el libro, aquel símbolo romántico en manos del Julien de Stendhal, se ha convertido para nuestra sociedad (en la que, por cierto, seguimos siendo lectores) en un simple accesorio, en una distracción retraída y sosegada, en un objeto común que no es ni audaz ni peligroso, en un producto que se fabrica y se vende, con fecha límite de uso incluida. Es posible que, en cuanto individuo, la pasión del nuevo Julien no haya cambiado. Nuestros jóvenes poseen el mismo ardor sexual, las mismas ansiedades y ambiciones íntimas, el mismo amoroso orgullo. Pero todas esas virtudes y defectos existen en la actualidad fuera de un contexto literario. Un Julien actual lo será todo menos un personaje de Stendhal, todo menos un lector apasionado… aunque sea un lector apasionado. Quiero decir que su pasión por los libros, si la tiene, formará parte de su identidad secreta, no pública. En público, ser lector no le otorgará a nuestro Julien de hoy ningún cachet, ningún carácter meritorio. En la actualidad, tanto en el mundo de los libros como en el que llamamos real, nuestras referencias ya no son literarias. Si aún somos lectores, eso ocurre en un ámbito en el que los libros, presentes en atiborrados escaparates y en abultados catálogos editoriales, se han vuelto invisibles.
Quiero recalcar un factor preciso: en el mundo de Julien niño, en el hogar de un carpintero francés del siglo xix, a diferencia de los hogares burgueses y aristocráticos, no hay libros. Los que Julien posee los ha heredado de un tío excéntrico, no de su padre, para quien los libros son atributos de otro mundo y de otra clase. Pero incluso para ese carpintero brutal que no sabe leer y que no tiene libros, el libro —el libro despreciado, el libro temido— es un emblema poderoso. El padre de Julien sabe que se trata de algo valioso e importante, aunque no para él, y peligroso en manos de su hijo débil y extraño. En cambio hoy, a principios del siglo xxi, es un objeto ubicuo pero inofensivo, doméstico y decorativo que, si bien todavía puede alimentar una imaginación individual, carece de un poder emblemático peligroso. En el mundo de Julien niño faltaban libros en los anaqueles centrales pero los más bajos y los más altos estaban repletos. En el nuestro, sólo los estantes más altos contienen libros, cuando los contienen, privados y casuales. Todo el resto de nuestra biblioteca, tanto los anaqueles públicos como los familiares, están, al parecer, vacíos.
Ante tal desolación, nosotros, lectores, quienes creemos que la lectura puede ofrecer a quien la descubre la posibilidad de un mundo mejor, debemos preguntarnos: ¿cómo hacer para decirle a alguien que no lee que la lectura puede ofrecerle todas estas mercedes? ¿Cómo convencerlo, cuando el mundo que nos rodea nos está diciendo exactamente lo contrario todos los días y en todo momento? ¿Cómo defender la lectura (que no promete ningún beneficio material, que no puede siquiera asegurar más sabiduría, más destreza, más sensibilidad a quien lee) frente a una sociedad que insiste en alabar la codicia, el egoísmo, el goce del momento presente, una sociedad que intenta convencernos de que la reflexión es inútil, la dificultad absurda, la compasión flaqueza, una sociedad de realidades virtuales que se empeña en hacernos creer que la muerte no es un destino que nos aguarda, implacable, a todos?
Es imposible enseñar a amar la lectura porque es imposible enseñar a amar. Hay oficios humanos que no pueden enseñarse, porque ya existen en nuestros genes, no pueden ser creados: la habilidad de respirar, de caminar, de ver, de tocar, de sentir amor por todo aquello que san Francisco de Asís, con tanta razón y entendimiento, llamaba “hermanos” y “hermanas”. En cambio, sí es posible dar el ejemplo, mostrar la forma en que para mí, para cada uno de los lectores, un libro importó o importa; la forma en que una frase cambió un momento de nuestra vida, un verso transformó para siempre cierta idea del mundo.
Y también es posible alentar el secreto. Si nuestras sociedades han desmantelado los anaqueles inferiores y medianos, si los libros ya no tienen ninguna importancia social ni familiar, podemos decirles a los nuevos lectores, y a aquéllos que tal vez un día serán lectores, que animar una pasión que la sociedad no estima puede convertirse en un ventajoso privilegio. Podemos decirles que ser lector (citando un lugar común) es “pertenecer a una aristocracia del espíritu”; que ser lector significa ser adoptado por una familia universal de poetas y cuentistas y pensadores que a través de la página nos convierten en sus prójimos; que los lectores constituyen, y siempre han constituido, una cofradía selecta, pero a la que cualquiera puede pertenecer. Y que esa cofradía —desdeñada, olvidada, agredida o ridiculizada— puede, a través de las palabras, transformar el mundo. No siempre, pero a veces, como ocurrió, socialmente, con los lectores del Contrato social, de La cabaña del tío Tom; políticamente, con los lectores de Sin novedad en el frente, de Archipiélago Gulag; culturalmente, con los lectores de Un cuarto propio, de El cazador oculto; imaginativamente, con los lectores del Quijote y de las ficciones de Borges.
Los libros del anaquel más alto serán siempre libros íntimos, singulares, leídos por unos pocos, pero esa intimidad, esa singularidad, podrá ser también su fuerza. Es casi imposible imaginar que nuestros gobernantes, prisioneros de la telaraña económica, se resuelvan a prestigiar el acto intelectual, a imaginar una sociedad mejor desde los anaqueles de la base, haciendo de la lectura un acto esencial y distinguido. Es más fácil pensar que los lectores jóvenes, pasando del verbo al acto, descenderán de sus anaqueles altos al foro político y en la biblioteca social volverán a colocar los libros en sus anaqueles perdidos. Podemos enseñarles eso, tanto en la escuela como en el hogar y las bibliotecas públicas: a prolongar el argumento más allá de la última página; a reconocer en el mundo los problemas enunciados en los textos literarios; a descubrir que las encrucijadas morales a las que se enfrentan el Lazarillo, Antígona, Julien Sorel, son las mismas a las que todos nos enfrentamos alguna vez, y que sus historias de ficción nos brindan claves reales para entender y participar de nuestra historia. Es decir, podemos enseñarles a pasar de la lectura que llamamos ociosa a la lectura activa.
Al fin y al cabo, la tarea de todo maestro, de todo padre, de todo ciudadano adulto es guiar al joven no sólo a través de la realidad física del mundo en el que nos encontramos (mundo que deberá explorar por sí mismo), sino hacia aquello que se halla extramuros, cruzando las fronteras protectoras, allí donde reside lo prohibido, lo recóndito, lo que la sociedad ha excluido y que también forma parte de su definición, de la misma manera en que la cara oculta de la luna forma parte de la luna. Para equiparlo para ese difícil viaje, debemos alentarlo a ser distinto: a que no tema ser acusado de no plegarse al rebaño, a que piense por sí mismo, a que se oponga a nosotros, sus caducos mayores. Debemos alentarlo a que construya su anaquel privado en lo más alto de la biblioteca, desde donde sus libros podrán, algún día, volver a iluminar el mundo.
|