Nada que comentar. El tomo ix y último del Diccionario de escritores mexicanos. Siglo xx comprende de la u a la z. Son 517 páginas de fichas que recopilan información biográfica, bibliográfica y hemerográfica.
Cierre de un proyecto de cuatro décadas patrocinado por la Universidad Nacional Autónoma de México. ¿Cómo? ¿Éste, un loable esfuerzo? Sin duda.
“Uno de los propósitos del Diccionario ha sido facilitar la tarea de la investigación literaria. Para ello, cada ficha de autor desarrolla un análisis objetivo en tres aspectos fundamentales: el primero ofrece los datos biográficos del escritor e información somera de su obra; el segundo, sus obras, divididas en bibliografía y hemerografía, ambas clasificadas, por lo general, en orden alfabético de géneros, y éstos a su vez en orden cronológico de publicación, y el tercero, sus referencias, clasificadas en orden alfabético de críticos”, anuncia la directora del proyecto, Aurora M. Ocampo, en la primera página. Nada que comentar. No: agradecer, solamente, la constancia de una laboriosa tarea de registro y catalogación.
¿Nada que comentar? No. Pues no hay manera de tomar partido, en tanto crítico, ante los contenidos de este Diccionario. Porque no hay tales contenidos. Es una obra que recopila información, no acrecienta el conocimiento. Es una herramienta, no un libro. Es un listado bibliográfico, no crítica literaria.
Cuarenta años de trabajo, cierto, para que los historiadores literarios o los tesistas de —digamos— maestría en letras y que, por añadidura, vivan en una ciudad que cuente con una universidad dotada de una biblioteca que resguarde en su sección de referencia estos nueve tomos —pues la obra, faltaba más, no está en línea— sepan qué títulos ha publicado determinado “autor” (cualquiera: no sólo los grandes y los buenos, sino también los mediocres y los pésimos), y qué textos han escrito los “críticos” (todos: tanto los inteligentes como los brutos) sobre aquél. El tesista iniciará entonces su recopilación de materiales. Lo que supone que para escribir acercamientos iluminadores a una obra se cree exigible conocer toda la bibliografía en torno de ella, aunque esto implique, como luego sucede, no considerarse obligado a leer nada más: quien “trabaja” a Micrós puede llegar al doctorado y luego dictar cátedra en una universidad sin haber leído a Aquiles Tacio ni a Robert Browning ni a Cortázar. (No exagero.) Este perfil de investigador ya no es el de un humanista, abierto y curioso a múltiples referencias culturales; quiero decir, no es el de un lector de literatura sino de bibliografía indirecta. Y ahí se queda. (De veras, no exagero.)
¿Tanto dinero y tanto tiempo para esto? ¿Una de las mayores universidades del continente, dedicada a compilar fichas bibliográficas? Es injusto este reparo, lo sé: debería sólo examinar el Diccionario en sus propios términos, a partir de sus reglas. Eso es, sin embargo, imposible: ¿cómo corroborar la exactitud de las fichas? Escoger algunas al azar, ir a una hemeroteca: buen camino, aunque más propio de un personaje de Melville o de Kafka. O, acaso, podemos fastidiar el ánimo de los redactores cazando incongruencias sintácticas; así, en la ficha de Rodolfo Usigli, se dice: “Hijo de padre italiano y madre austriaca, desde niño le interesó el teatro…”, donde teatro es el torpe sujeto que sigue a una aposición referida a Usigli.
Dejemos esos aspectos, tan mezquinos. Preguntémonos: más allá del bibliográfico, ¿cuáles son los otros propósitos del Diccionario?
Filológicamente, ninguno.
En sus términos, esta obra es útil a un fragmento pequeñísimo de los interesados en la literatura mexicana. Aclaro que no exijo un populismo de “hay que darle presupuesto sólo a libros que prometan superar la valla de los diez mil lectores”. Pero como las fichas confían en la existencia de un “análisis objetivo”, nos hallamos ante una obra falaz. No hay nada, en ninguna universidad del mundo, al menos entre las dedicadas a las humanidades, que pueda tolerar el sonsonete ése de “análisis objetivo”. No sólo en las hu-manidades semejante frase resultaría sospechosa. ¿Habría que decir que cuando hablamos de literatura alegar una pretensión de “análisis objetivo” es una declaración de cobardía, ignorancia o incompetencia (o las tres juntas)?
Ya escucho la réplica: “El Diccionario es un paso valioso, por inicial, para el ejercicio de la crítica. El estudioso encuentra en estas páginas, sin tamiz, todas las fichas bibliográficas pertinentes a su tema, para que él despliegue su criterio y discierna, en tanto especialista, qué sí y qué no vale la pena”. Pero ¿qué es eso de dejarle la chamba a los demás? ¿No es precisamente la unam, por medio de un docto equipo de filólogos, la obligada a plantearse una revisión mayor y exigente de nuestras letras? ¿Esa tarea, cuándo? ¿Presupuesto, habrá? ¿Y si eso significa incomodar prestigios y egos de autores que sólo tienen currículum, y no obra; premios y becas, y no lectores?
Al grano. El Diccionario es un síntoma, gigantesco, de una perversión. Mi pleito no es con estos nueve tomos, sino con lo que representan y afianzan en tanto política del medio académico dedicado a los estudios literarios: la ausencia de la crítica. La consigna es: no tomar partido, no enjuiciar, no seleccionar; lo que significa: no leer la literatura. En sus monografías el investigador sólo describe y analiza con las anteojeras dócilmente ajustadas de un marco teórico importado. El texto —cualquiera— tiene valía en tanto que es texto y merece ser fichado o “trabajado” en una tesis sólo por haber conocido la imprenta. Ninguna exigencia de la calidad. Se trata no sólo de no hacer crítica de la literatura, sino de no criticar tampoco la “crítica” (llamémosla de algún modo) que se redacta en buena parte del mismo espacio académico. Una farsa donde casi todos aceptan participar, a cambio de olvidarse de los derechos tanto de la literatura como del lector. Y una generación de investigadores educa a la siguiente en la misma burocrática mansedumbre ante el fenómeno de la letra: hay marcos teóricos, no hay criterio; hay análisis, no hay síntesis. Información, y no conocimiento. Hay lectura de bibliografía; no hay crítica literaria.
No exagero, por supuesto. Esto ya lo sabemos; ya se ha dicho muchas veces, y desde adentro —Alatorre, Sheridan—, pero ¿es un problema sólo de los estudios literarios académicos? ¿Sólo de la Universidad Nacional? Otras instituciones, académicas y del gobierno, incurren en la misma tolerancia excesiva de “lo representativo”. Lo que acaso signifique que estamos ante un problema general de nuestros tiempos.
No queremos la crítica. Estamos hartos, luego de 350 o casi 400 años, del cosquilleo persistente de la crítica en la sociedad. A cambio, hoy todo mundo tiene derecho a sus 15 minutos de fama, al narcisismo no editado de su página de internet, a su comentario en los foros de discusión de los periódicos. Hay queja y descalificación sin argumentos, hay exigencia de apapacho a cambio de mis impuestos. Opinión prejuiciada, no diálogo crítico.
Hoy se democratiza no el mérito (llevar lo mejor de los pocos a la comprensión de los muchos) sino la mediocridad (aplaudir en automático lo mediano o lo pésimo de todos). Peor aún: la democracia da prioridad a la autoestima en demérito de la crítica. Fomenta el respeto a la autoestima de todos y desecha el ejercicio de la crítica por los pocos. Pero no hay que ignorar que el apapacho es la forma política del desprecio en nuestro tiempo.
No recalaré en la cantaleta de que la crítica es un ingrediente básico de la democracia, y necesario para un espacio social de libertad. Porque es falso. Si la democracia defendiera la crítica, no fomentaría la ausencia de crítica. Antes, la lucha contra el despotismo se sustentó en la crítica. Pero una vez establecida como el sistema político hegemónico, la democracia ha sabido nulificar el efecto de la crítica sobre sí misma. La nueva forma de la censura no consiste en la mordaza, sino en el ruido: que todos, lerdos y listos, hablen y griten de tal forma que la voz de los críticos pase inadvertida en el escándalo.
Y en literatura, que a nadie se excluya. Todo se ficha, todo se homenajea. Lo cual no se justifica en tanto lucha contra la desmemoria. Porque la memoria es selectiva y recurre a la crítica para discernir lo que es pertinente conservar, de lo que no. Registrar a todos los autores mexicanos del siglo xx no es rescatar del olvido a nadie, sino hundirlos a todos, buenos y malos, en el mismo marasmo en que los documentos de una oficina de gobierno terminan cuando se los resguarda, sí, pero en un archivo muerto. Todo se registra, no para la memoria de un lector, sino para la burocracia de los tesistas. Nada que comentar: triste fin de la letra. La literatura no como crítica de la vida ni como posibilidad de conocimiento: la literatura, sí, como papel y tinta, sólo nombres y títulos, sólo fechas y pies de imprenta.
Y no exagero.
Esto no es un diccionario
Como san Agustín respecto del tiempo, sabemos qué es un diccionario si nadie nos lo pregunta, pero trate usted de responder sucintamente en qué consiste esa clase de libro… José Martínez de Sousa dedica 55 de las 329 páginas que conforman el cuerpo de su Diccionario de lexicografía práctica a discutir en qué consiste este género de obras y a ofrecer variantes, ejemplos, salvedades. El único elemento común a las cuatro acepciones que ofrece en la entrada diccionario es el orden alfabético en que se disponen los elementos, que lo mismo pueden ser “palabras, locuciones, giros y sintagmas de una lengua”, que “términos de una ciencia, técnica, arte, especialidad” e incluso “nombres, hechos, noticias”. Circulan desde hace poco en nuestras librerías cuatro testimonios de esta diversidad. El derecho penal a juicio, a cargo de 134 autores, expone 74 temas considerados de importancia capital para el derecho penal mexicano de hoy; cada entrada incluye varios textos que difieren significativamente en su enfoque, extensión y claridad, de manera que lo incluido en un solo concepto va de una cita textual de la ley a la breve opinión personal (o partidista, identificada abiertamente como tal), de la síntesis teórica a la sentencia didáctica. Las entradas son, pues, un compendio atomizado que resume el estado actual de la discusión sobre cada tema. Por su parte, El sabor de las palabras —según se advierte en una nota al principio del volumen— no es “un libro de cocina ni […] una enciclopedia de gastronomía”, sino que agrupa “las palabras relacionadas con este tema cuya procedencia o sustancia tienen una historia que contar”. No es un recuento exhaustivo, sino un divertimento de la autora, una lista de los términos que le parecieron “comentables”, interesantes, divertidos. Con esta lógica, lo mismo cabe frijol que fuego, tomillo que tortellini o vodka. No se trata de un volumen de consulta para lectores especializados y sí de un texto de lectura lánguida y curiosa (casi siempre suculenta). Otra obra paladeable es la de De Oliveira Castro, que reúne en La lengua ladina de García Márquez vocablos con la acepción, la tonalidad y el sesgo particular que el Nobel colombiano ha dado a cada palabra. No sólo compila regionalismos colombianos e hispanoamericanos, como cicatero, faltriquera y machucante, sino también palabras que no son de uso generalizado: términos médicos, religiosos, geológicos, farmacéuticos, históricos… Cerramos este repaso incluyendo una de las novedades que más han agitado nuestras aguas críticas en tiempos recientes, en cierta medida de manera incomprensible: la compilación de artículos y ensayos que Christopher Domínguez Michael denominó Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005). Sabemos ya, por lo que han dicho sus acerbos comentaristas y el propio autor, que el libro no es una equilibrada obra de consulta o una guía bibliográfica, sino una arbitraria mescolanza de textos, arropados por un título igualmente arbitrario —que es una de las prerrogativas autorales—. Acaso la clave de ese polémico trabajo la hallemos en el propio Martínez de Sousa, quien reconoce la existencia del “diccionario de epónimos”, el cual “registra nombres de héroes o personajes que han dado nombre a una ciudad, pueblo, lugar”, pues las entradas de este compendio son, mayoritariamente, quienes contribuyeron a hacer de Domínguez Michael quien es. (tgs)
El derecho penal a juicio. Diccionario crítico
Coordinación de Gerardo Laveaga y Alberto Lujambio
México, Inacipe, 2007, 518 p.
isbn 970-768-094-6
El sabor de las palabras. Una fascinante degustación de términos gastronómicos
Anina Jimeno Jaén
México, Aguilar, 2008, 298 p.
isbn 978-970-58-0326-0
La lengua ladina de García Márquez
Margret S. de Oliveira
Bogotá, Panamericana Editorial, 2007, 400 p.
isbn 978-958-30-2551-8
Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005)
Christopher Domínguez Michael
México, fce, 2007, Letras Mexicanas, 588 p.
isbn 978-968-16-8452-5
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